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No somos iguales

Atento. Voy a darte la clave de porqué las personas discutimos. De porqué no todo el mundo te cae bien (y viceversa). De porqué a veces flipas con algunas reacciones de tu pareja. De porqué no entiendes a tus padres. De porqué te llevas fatal con ese o esa compañera de trabajo. En fin, la clave de porqué las relaciones pueden ser tremendamente complicadas.

La respuesta es muy simple: tú no eres igual que la otra persona. Siento si te he decepcionado, pero entender esto es la base para entender la mayoría de conflictos y malentendidos de nuestro día a día. Esto que parece tan obvio, se nos olvida en el momento en el que empezamos a interactuar con los demás. Los mecanismos mentales, creencias, expectativas, talentos, propósitos, valores, condicionamientos y experiencias de cada individuo son distintos.

Esto implica que no hay dos seres humanos iguales en el planeta.

¿Cómo afecta esto en las relaciones? Empecemos por el principio. En el momento en que dos o más personas interactuan entra en juego la comunicación (verbal o no). Y aquí empieza a liarse el asunto. Si conoces la PNL (programación neurolingüística) sabrás que hay distintas formas de transmitir y procesar la información que emitimos y que recibimos. Por otro lado, en mi propia experiencia, he comprobado que en general no sabemos escuchar. Sabemos estar callados y esperar a que la otra persona acabe de hablar para decir la nuestra. Pero eso no es escuchar. Mientras el otro habla, nosotros ya estamos anticipando en nuestra mente lo que vamos a responder. Además entra también en escena el juicio y las creencias que traemos incorporadas (qué pensarán si digo esta opinión, o si no estoy de acuerdo). Por no hablar de las expectativas que quiero cumplir con una determinada relación o conversación. Además está el lenguaje no verbal, el que nunca miente (el cuerpo no sabe fingir, es auténtico), que muchas veces se contradice con el lenguaje oral. Así que entre lo que quiero decir, lo que pienso que quiero decir, lo que creo que he dicho y lo que digo hay grandes diferencias. Y lo mismo pasa con el que escucha. Resumiendo, como dijo un día mi amiga Berta: “¡El milagro es que nos entendamos!”

Todos esperamos ser tratados de una determinada manera.

Que los demás actúen tal y como nuestro mapa considera adecuado. Confundimos las cosas porque no somos capaces de verlas desde las gafas del otro. En realidad, nos creemos poseedores de la verdad, cuando ésta es algo totalmente subjetivo. ¿Cómo puede no serlo? En el momento en que una idea de lo que es la verdad para por tu mente deja de ser objetiva. Está en ti, forma parte del sujeto.

Solo si empezamos a mirar desde otro lugar, sabiendo que cada uno de nosotros es único e irrepetible, podremos mejorar nuestras relaciones y aumentar nuestra empatía.

El hecho de que seamos seres únicos, no solo afecta en los conflictos. También tiene una incidencia brutal en la generación de creencias.

Recuerdo montones de tardes en las que quedaba con alguna amiga para tomar un café. Esos encuentros discurrían contándonos mútuamente nuestros problemas y dándonos la una a la otra el consejo de nuestra vida para que los marrones se solucionaran. Lo que yo no sabía en aquel entonces es que esto no sirve de mucho. Bueno, la primera parte sí que sirve. Sentir que nos escuchan nos ayuda a desahogarnos, a vaciar un poco nuestra mente y si el escuchador es bueno, nos hará sentir su apoyo y su empatía. Pero los consejos, las soluciones que proponemos a otros con la mejor de las intenciones, sirven de bien poco.

Considera esto, si tú eres único, no tiene mucho sentido adoptar el consejo o el conocimiento que otros te den. No sabes si eso que te dicen tiene sentido o valor para ti hasta que no lo experimentas, hasta que no lo haces tuyo. Si adoptas lo que otros divulgan y lo tomas como bueno, sin vivirlo en primera persona, estás convirtiendo eso en una creencia, en una especie de fe. Pero es que además ni siquiera sabes si la persona que te aconseja lo hace desde una creencia suya, es decir, que tampoco ha experimentado lo que te dice. Entonces ¿a qué estamos jugando?

Así lo único que hacemos es generar miedos e incoherencias en nuestro interior. Porque nuestro cerebro no distingue entre lo que crees y lo que sabes por experiencia. Haz la prueba. Si crees que comerse un saltamontes es asqueroso (aunque nunca te hayas comido uno) es muy probable que nunca lo experimentes. No lo necesitas, la creencia es tan fuerte que es como si ya lo supieras. Puedes incluso generar la emoción que te provocaría comértelo. Y sin embargo nunca lo has hecho. Para tu mente no hay duda, es una certeza. Así funciona. ¿Cuántas creencias más piensas que puedes tener sin saberlo?

Deja de tomar como verdadero el conocimiento externo a ti. Escucha a las personas que consideres sabias o valiosas, pero nunca dejes que sus hábitos o maneras de hacer se conviertan en tu doctrina. Experimenta aquello que sientas que puede irte bien, y escucha siempre a tu cuerpo y a tu intuición (que muchos tenemos totalmente dormida).

Confía en tu propia sabiduría interior, poco a poco, si la entrenas, sabrás que ahí reside todo el conocimiento que necesitas.

Por supuesto, no te creas nada de lo que dice este post, si te resuena, experiméntalo y haz tuyo su contenido. Lo que sí te puedo asegurar es que todo sobre lo que escribo lo he experimentado y vivido en primera persona. Así que, al menos, el conocimiento que expongo es mío, a mí me vale porque lo he validado.

Y así, poco a poco, voy saliendo del rebaño. No desde la lucha o la rebeldía del que quiere ser diferente para destacar o romper con lo establecido. Si no desde la certeza de que la libertad de pensamiento solo vendrá de mi propio saber. De mi singularidad.

Y tú, ¿te sientes único? Cuéntamelo en los comentarios.

¡Hasta pronto inspirados!

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  • Ahmad Othmanetw

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  • José Enrique Labordeta

    Me ha gustado mucho este artículo

  • Muy interesante!

    • Gracias Ciscu! Un abrazo!